sábado, 24 de septiembre de 2016

"SOLDADOS DE MEDIA NOCHE" - Cuento de Arturo García





Cuento antiguo recogido del pueblo tradicional de Tingo que tuvo lugar a mediados del siglo XX.

El cine Variedades estaba totalmente repleto, abarrotado de rincón a rincón, de butaca a butaca. Las entradas para ver la película ganadora del Oscar de 1956 se habían agotado temprano y los últimos que lograron entrar tuvieron que pagar una reventa de hasta quince soles de oro. Eran las diez de la noche y ya iban tres horas de proyección de este fascinante largometraje que, a diferencia de otras películas, esta vez venía en cinemascope y technicolor.
La magia del cine en todo su esplendor se hacía pues posible gracias al ducho oficio de don Isidro, el viejo maquinista del cine, un tingueño que algunos conocían como “el cojo”. Era un hombre viejo pero muy habilidoso en alistar y enganchar los carretes al proyector en el momento preciso, y se mantenía activo durante toda película yendo y viniendo del escaparate a su banco desde donde controlaba eficientemente la proyección de la película. No era pues raro verlo trabajar confundido con los aromas de la carbonilla, la grasa y el celuloide y llevar sobre sí la vivencia de incontables anécdotas. Cuántas veces vio arderse los rollos, quemarse la lámpara, o enfrentar cortos circuitos, a lo que el público expectante siempre respondía con gritos y pifias furibundas que muchas veces se tornaban en burla y chacota, con frases como: —¡Cojo!, ¡cojo!, ¡la película!— Infinidad de contratiempos de los cuales este gran personaje siempre salía victorioso. Pero como en toda regla siempre hay una excepción, aquel día se tuvo que presentar la ocasión.
Toda la gente de la platea y la galería miraba atentamente cómo Charlton Heston, haciendo el papel de Moisés en la película “Los Diez Mandamientos”, levantaba las tablas de la Ley, una escena en la que Dios le estaba encomendando educar al pueblo de Israel que se estaba corrompiendo, instante en el que inesperadamente el cine se vio en penumbras. Un apagón general dejó a la ciudad de Arequipa en medio de una gran tiniebla que hizo detener los instantes finales de una película que había entrado rápidamente al desenlace.
Como siempre, confundidos con los chiflidos, nuevamente se produjeron los gritos de descontento y enfado acostumbrados:
—¡¡cojo…!!, ¡¡cojo…!!
Don Isidro, muy sereno y con la habilidad e ingenio que lo caracterizaba, salió por la ventanilla del proyector y apuntó al público con su gran linterna, que siempre acostumbraba llevar para alumbrar su camino de regreso a Tingo, lo que permitió que se calmen los ánimos. Todos comprendieron entonces que se trataba de un apagón general.
Pasada media hora en que la luz no volvía, la mayoría de la gente optó por ir retirándose, uno a uno, no sin antes hacer un acalorado reclamo en la boletería. Alrededor de las once de la noche don Isidro, al ver que ya no quedaba ningún espectador en el interior del cine, desconectó el proyector, cerró las puertas y salió junto con el portero, la boletera y el administrador rumbo a la calle Ejercicios —ahora Alvarez Thomas que lucía oscura y casi fantasmal, alumbrada de vez en cuando por algún taxi que subía lentamente escudriñando a los transeúntes en pos de alguna carrera.
—¡Por qué será el apagón!, ¿no? —preguntó Paquita la boletera, mientras se ponía su sacón y el administrador echaba candado a las rejas.
—Es raro que suceda esto. —respondió don Isidro— Y parece que es general.
—¿Habrá también apagón en Tingo? —preguntó el portero mirando a don Isidro que no traía su linterna en la mano como de costumbre. La había olvidado adentro.
—¿Cómo te vas a ir, Isidro? —dijo preocupada Paquita.
—Ya estoy acostumbrado a irme a pie hasta Tingo. Sólo tengo que agarrar la línea del tranvía o del tren y bajar derechito hasta la puerta de mi casa —respondió don Isidro, dibujando una leve sonrisa en su cara— Cuando hay alguien que va por el mismo camino que yo, me acompaño con él; si no, tengo mi linterna; si no hay linterna, está la luna; y si no hay luna, me hago acompañar con las estrellas; y si está nublado, están los fantasmas que me acompañan todos los días. —agregó soltando una carcajada, a lo que Paquita sólo atinó a decir:
—¡Eres medio raro!, Isidro —después de lo cual se dieron la mano para despedirse y partieron por caminos diferentes: El portero se fue rumbo a Ferroviarios, Paquita y el administrador subieron juntos en dirección de la Plaza de Armas, e Isidro, cojeando con su pequeño bastón en la mano, a la luz tenue de una luna menguante, empezó a bajar rumbo a Tingo.
Recorrió el bulevar Parra en toda su longitud hasta llegar al puente de la torrentera del Palomar. El camino se hacía visible a veces gracias a que la luna menguante alumbraba a penas con su agónica luz, pero se volvía a oscurecer cuando una nube salía a su paso y volvía a eclipsarla. Entonces creyó ver a alguien que venía detrás de él presuroso para alcanzarlo, pero volvía a perderse por la intermitente oscuridad que ocasionaban las nubes y la luna.
Así se la pasó casi todo el viaje hasta llegar a la segunda torrentera, justo cerca del cuartel de Tingo. Don Isidro había recorrido este camino infinidad de veces, tanto así que lo conocía como la palma de su mano, y si él quisiese lo recorrería con los ojos vendados. También, en los quince años que tenía trabajando como maquinista del cine, algunas veces tuvo visiones raras, principalmente donde había hileras de sauces que se meneaban con el viento produciendo ruidos extraños. Por allí, un par de veces, miro imágenes fantasmales, como la de una mujer vestida de blanco o la de dos soldados que salían y se volvían a esconder a lo largo del sauzal. Pero don Isidro nunca dio crédito a estas apariciones, por lo que siempre las pasaba como desapercibidas.
—“A los muertos no hay que tenerles miedo, pero sí a los vivos”— decía siempre a su hija cada vez que le recomendaba cuidarse.
A lo que sí tenía bastante miedo, en realidad, era a los asaltantes, que últimamente habían proliferado cerca de la torrentera, y de donde salían y sorpresivamente “cogoteaban” a cualquiera que pasara por allí. Don Isidro, un hombre ya viejo y cojo, sabía que quizás no tendría chance si fuera asaltado, por su obvia minusvalía; por ello caminaba un poco más a prisa que de costumbre y con más precaución.
Aquella noche, cuando el reloj marcó las doce en punto, don Isidro sintió un escalofrío tremendo en su sangre, cuando de abajo del puente de sillar emergieron cuatro siniestros hombres que en un instante identificó como asaltantes. Faltaban, a penas, cien metros para llegar al Cuartel de Tingo, entonces don Isidro ya no tuvo otra alternativa que seguir adelante pues el cuartel le daba cierta tranquilidad y garantía. Aceleró el paso, se persigno, y oró una breve oración a los ángeles custodios, a los que les tenía bastante fe, antes de enfrentar a los malhechores que ya casi los tenía encima. Con la frente fría y las manos sudorosas dentro de su bolsillo, don Isidro pudo ver cómo cada uno de ellos sacaba de su gabardina un filudo cuchillo que relumbró e hizo agudizar sus ojos y palpitar su corazón con intensidad.
—¡Don Isidrooo! ¡Don Isidrooo! —creyó haber escuchado detrás suyo una voz que lo llamaba, pero los nervios le habían clavado el pescuezo al pecho y no pudo voltear a ver de qué se trataba. Tuvo que seguir avanzando cuando ya los tenía a menos de diez metros. Lo único que hizo, al verlos cerca, fue empuñar fuertemente su bastón y entregarse a su suerte. Optó por detenerse un instante para ponerse como una estatua de piedra ante el encuentro inminente —lo había visto en el cine donde aquellos valientes al verse perdidos se detenían y se ponían fríos para no sentir miedo ni dolor— y los miró fijamente a los ojos esperando ser atacado. Ellos también lo miraron, pero con odio, con rabia, y le hicieron una mueca de desagrado cuando al estar ya junto a él, los cuatro se pasaron de largo sin siquiera tocarlo.
—¡Qué! —don Isidro no comprendió.
Hubiera querido quedarse allí parado para tratar de entender, pero sabía que tenía que proseguir su camino porque podían regresar por sus espaldas y quizás no tendrían ya piedad de él. Avanzó, casi triunfante y con paso más calmado, hasta llegar a la esquina donde empieza la calle que baja a la Alameda y donde él vivía, cuando algo lo hizo voltear para examinar calle arriba y ver si aún estaban los atracadores.
Y sí pudo verlos. Los facinerosos terminaban de asaltar a una persona que venía por detrás. Le quitaron todo lo que traía puesto, lo golpearon y lo dejaron ir con la cabeza ensangrentada.
Don Isidro tornó velozmente hacia él para asistirlo, cuando en ese preciso instante las luces de la ciudad de encendieron y la calle se vio iluminada por los escasos faroles que había frente al cuartel.
—¡Ricardo! —exclamó don Isidro al reconocerlo—. ¡Eras tú el que me llamaba!
—¡Sí!, don Isidro. Trataba de alcanzarlo, desde muy arriba. Yo le gritaba pero no me escuchaba.
—Vas a disculpar Ricardito, me ofusqué al ver a esos hombres que venía hacia mí. —dijo consternado don Isidro.
—¿Pero por qué?, —inquirió Ricardo— si usted venía acompañado.
—¡Cómo! —dijo sorprendido don Isidro.
—Sí, don Isidro, yo quería alcanzarlo para caminar con ustedes y cruzar juntos el puente de la torrentera. Ya me habían dicho que por aquí están asaltando mucho.
—¡Pero si yo venía solo! —exclamó don Isidro, mientras le alcanzaba su pañuelo para que se limpie la sangre de la frente.
—Don Isidro, usted caminaba con dos soldados, uno a cada costado. Iban con sus rifles al hombro, por eso los asaltantes no le hicieron nada y se pasaron de frente.
—¡Eso no es posible, Ricardito! Yo te lo puedo jurar que nadie venía conmigo.
—Entonces, —dijo Ricardo— ¿me va a decir que son fantasmas?
Don Isidro, el “cojo Isidro”, mirando, casi con ternura a Ricardo y agarrándole los hombros, le contó aquello que parecía más bien una confesión:
—Ricardito, para mí que son los ángeles, —dijo— ¡Sí!, los ángeles custodios, a los que he invocado mientras rezaba en mi angustia.
—¡Es increíble! —siguió hablando don Isidro mientras ayudaba a caminar al muchacho— Yo pensé que esto de los ángeles sólo se daba en el cielo, pero ahora veo que se pueden aparecer cuando verdaderamente estás en peligro. Yo he sabido de una señora que miró cuando un enorme tablón cayó encima de su hijo, y todos vieron que ella corrió y solita lo levantó para liberarlo, cosa a lo que la gente opinó que era la adrenalina, pero la señora juró haber visto a unos jóvenes que la ayudaban a levantar el tablón.
—Entonces, los ángeles —agregó— se pueden presentar de cualquier forma. Esta vez se han vestido de soldados, pero no del cuartel de Tingo, sino de otro cuartel más divino: el de los cielos.
Los dos vecinos bajaron la cuesta abrazados como veteranos venidos de la guerra, mientras don Isidro volvió a preguntar:
—¡Cuéntame!: ¿cómo eran?, ¿verdaderamente traían uniforme y fusiles…?
—¡Sí, don Isidro!

Arturo García, 2007

viernes, 23 de septiembre de 2016

"EL HUERFANITO" - Cuento de Arturo García



 

Cuento real sucedido en el Monasterio e Iglesia de Santa Teresa de Arequipa. Los nombres son ficticios, pero los personajes y hechos son ciertos.

En el portón del monasterio los niños, que iban a una cercana escuela primaria en Miraflores, siempre solían verlo vestido con su viejo y zurcido “overolcito”, aquél que tenía un tirante roto y otro amarrado, además calzaba humildemente un par de sandalias de cuero desgastadas por el uso que hacían ver sus callosos y rajados piecitos. Era el “Huerfanito”, conocido así porque nadie sabía su nombre y porque nunca fue visto acompañado de alguna señora que pudiera dar a entender que era su madre; más bien, los niños —que eran los únicos que lo podían ver— creían, no sin razón, que las monjas del convento lo habían adoptado.
Unas veces estaba barriendo; otras, cargando un balde de agua o llevando una canastita o simplemente jugando. Los escolares, al pasar, lo miraban con ternura porque les inspiraba lástima pero al mismo tiempo mucho amor y confianza, cosa que se reflejaba en su dulce y cautivadora sonrisa. Siempre los saludaba con la manito estirada, gesto al que ninguno de los niños se resistía a corresponder. Por ello, algunos le regalaban dulces; otros, “tostado” o carritos de madera para que juegue, no importaba si estuvieran sin ruedas, él todo lo recibía con cariño y con las manos abiertas y se alegraba tanto que entraba presto al convento y salía con uno o dos panes de trigo que les robaba a las monjas y los repartía invitando a diestra y siniestra.
—¡Siempre vengan a jugar conmigo, aunque no traigan nada! —les decía.
Por eso, en su inocencia, algunos se quedaban a jugar con él por horas interminables, pero al ir a la escuela o regresar a casa, nunca se daban cuenta que el tiempo no había pasado y siempre llegaban temprano. Por ese mismo motivo, los niños no contaban sus travesuras a sus padres, quienes jamás se enteraron de la existencia de este niño. Es más, el juego ameno de los escolares en el solar de la entrada del convento nunca fue interrumpido por la presencia de las monjas de clausura, y la bulla que hacían con los gritos ni siquiera despertaban a la anciana madre superiora, sor Corina, que podía descansar plácidamente sin sentir el bullicio.
Renato, el más pequeño y curioso de todos, fue el único que alguna vez le hizo una pregunta:
—¿Y tu mamá?, ¿dónde está?
Sonriendo y sin pena alguna le respondió el huerfanito:
—Mi mamá está en el cielo.
Todos estos sucesos se dieron antes de 1960 hasta que los niños, gracias a Dios, en diciembre salieron de vacaciones y ya no podían volver a pasar por la calle y saludarlo o visitarlo y llevarle regalos, siendo la última vez que lo verían y jugarían con él, porque para las diez y cuarenta de la mañana del 13 de enero del mes y año siguiente, la tierra arremetió con fuerza y casi destruyó la ciudad de Arequipa en un terrible terremoto de nueve grados que dejó al menos 63 muertos. Muchas casas se vinieron abajo, incluida la escuelita de Miraflores, donde estudiaban sus eternos amiguitos del Huerfanito.
En el monasterio, a duras penas, las hermanas de clausura pudieron sacar a sor Corina hasta la pila del claustro central donde se cobijaron hasta terminado el terremoto. Se levantó mucho polvo, y desde allí vieron cómo se desmoronó la pequeña espadaña y algunas paredes que se desplomaron con facilidad. Durante el sismo, las monjas no cesaron de rezar, implorando por piedad al altísimo. Cuando la tierra se tranquilizó y dejó de temblar, la madre superiora dijo preocupada:
—¡Vayan a la iglesia y a todo el convento y revisen si no se ha dañado algo más!
Todas las hermanas se dividieron y corrieron a revisar los daños y a los quince minutos volvieron con buenas noticias.
—Madre Corina, sólo se han roto floreros, ventanas y algunos platos y jarros del aparador de la cocina.
—¡Gracias, Santa Teresita de Jesús! —logró decir la madre antes de que apareciera la novicia Margarita gritando:
—¡Madre!, ¡madre!, ¡la Virgen del Carmen se ha caído!
—¡Jesús!, ¡Jesús!, ¡Dios mío! —clamaron las hermanas empuñando las manos en acción de plegaria, mientras, con lágrimas en los ojos, todas corrieron, con temblor en las piernas, hasta la ermita donde antes, terminado el rosario de las ocho, las madres habían dejado a la virgencita bien paradita en su bella hornacina adornada con pan de oro.
Fue conmovedor entrar a la ermita y ver la estatua de la virgen. La Santa Madre de Dios yacía en el suelo de ladrillo, tirada y hecha pedazos. Las madres entraron en un llanto incontenible como si fuera un velorio, a lo que tuvo que intervenir sor Corina con su serena e impávida voz de mando.
—¡Silencio! Es sólo una imagen, ¿no se dan cuenta? La verdadera Madre no se ha hecho ningún daño. Dejen de llorar como niñas y levántenla para limpiar de una vez el oratorio.
Y las monjas, ya sosegadas por el impresionante episodio, empezaron a levantar uno a uno cada trozo de la hermosa estatua de la virgen, cuando nuevamente volvió a gritar la novicia Margarita:
—Madre Corina, ¡no está el niño! —llamó la atención despertando una inesperada curiosidad en todas las mojas del convento que se habían aglomerado en la pequeña ermita.
—¡Aquí está…!, ¡aquí está…! —dijo sor Aleja.
—¡Madre santísima! —exclamó la anciana Madre Superiora, poniéndose a llorar a cántaros, al contrario de lo que hicieron el resto de religiosas que, esta vez, sonreían henchidas de gozo.
El niño estaba debajo de una mesita acurrucado tiernamente sin un solo rasguño, como si hubiera ido a esconderse para protegerse del siniestro terremoto.
—¡Su mamá lo ha protegido! —dijo sor María
—¡No! Él solito se ha cobijado. —replicó la novicia Margarita.
—Sea lo que sea, ¡esto es un verdadero milagro! —dijo sor Corina que ordenó, entre lágrimas y sonrisas, que lo recogieran y se lo alcanzaran.
Pronto estuvo en sus manos, donde lo acarició, lo abrazó, lo besó y a un paso lerdo caminó con él y se lo llevó a su cuarto, paseándolo antes por el jardín, los claustros y la iglesia.
—¡Niño bonito!, ¡Niño travieso!, ¡Niño terremotito! —le decía, engriéndolo en una procesión en la que las monjas la seguían rezando el Ángelus y cantando el Ave María por doquier y a toda voz.
Los arequipeños, habiéndose recuperado del susto que significó tan tremendo terremoto, rápidamente se enteraron del prodigio que había obrado el niño Dios en el convento de Santa Teresa, y pronto todos querían ir a ver al “Niño Terremotito”, para lo cual la muchedumbre se hizo frecuente durante los días y meses siguientes. Desde entonces, las madres no pararon de rezar todos los días dando gracias a Dios por haberles conservado al hijito de la Carmelita, que aunque ya no estaba, les había dejado el mejor tesoro: su pequeño hijito, un hermoso huerfanito que las monjas no dudaron en adoptar.
Se volvió tan querido este hermoso niño que se le tuvo que acondicionar una “salita de comunidad” para que todos los arequipeños, que quisieran, lo vengan a ver y lo aprecien con su tierna mirada.
Uno de esos visitantes fue la familia Portugal que cierto día de primavera decidieron llevar a sus dos pequeños hijos al monasterio: Pablito y Renato, quienes vivían a pocas cuadras. Estos ni siquiera sospechaban la gran sorpresa que se iban a dar.
—¡Miren!, Pablito y Renato, —dijo su entusiasta mamá— ése es el Niño Terremotito. ¿Lo ven? No es una dulzura. Dicen que se ha salvado en el terremoto. Persígnense y pídanle para que los bendiga y los ilumine en el colegio.
—¡Mamá…!, ¡es el Huerfanito! —dijo Renato abriendo los ojos de sorpresa.
—Claro que es huerfanito. Su mamá, la Virgen del Carmen, se ha caído y se ha hecho tiras, y lo ha dejado solito, por eso es que es un huerfanito.
—No mamá, es igualito a mi amigo el huerfanito con el que jugábamos… —y de pronto, entendió que su mamá no sabía que él algunas veces se había quedado en la puerta del convento jugando antes de ir al colegio, por lo que consideró sensato mejor callarse.
—No, mamá, nadie. Sólo me pareció —quedándose callado y muy pensativo.
Pasaron pues largos años, tiempo en el que el Terremotito nunca dejó de ser visitado, hasta que llegó el funesto año de 1987. Para entonces, se le confeccionó una pequeña urnita y fue trasladado a la iglesia donde tenía su pequeño altar. En aquel tiempo, don Felipe era el sacristán de la iglesia, un señor un tanto renegón pero muy bueno. Cuando no estaba tocando las campanas o alistando los utensilios para la misa, pasaba todo el tiempo cuidando la arquita donde las monjas tenían al Terremotito. No siempre era necesario vigilarlo porque ¿quién va a querer cometer el sacrilegio de robarlo? El padre Plácido, don Felipe y las monjitas confiaban plenamente en la honestidad de los arequipeños, a quienes trataban con mucho cariño y les permitían visitarlo a cualquier hora del día.
Una mañana de agosto, de aquellas mañanas en que Arequipa amanece con vientos y terrales, vinieron unos visitantes foráneos que quisieron conocerlo porque la noticia ya había traspasado las fronteras de Arequipa y sabían de él hasta en Bolivia y Chile. Don Felipe, como siempre contó la historia con los detalles de costumbre, y pidió permiso para subir al campanario para repicar para la misa de las diez, sintió que la hora le ganaba y notó que las personas eran de confiar para dejarlo al niñito en buenas manos.
Subió y mientras tocaba las campanas, un presentimiento le traspasó el corazón como una espada y lo dejó frío:
—¡Se lo han robado al Terremotito! —pensó.
La idea que pasó por su mente fue aterradora, así es que dejó las campanas balanceándose y corrió hacia la iglesia donde lo había dejado hace unos minutos. Don Felipe, entonces, bajó velozmente con tropiezos, librando todos los vericuetos que conducen al campanario y, al llegar al templo, simplemente no encontró a nadie. La iglesia lucía silente. No había visitantes, ¡no estaba el Terremotito!
—¡Queeé! —gritó Don Felipe.
Y corrió de inmediato a la calle, miró hacia arriba y hacia abajo. Bajó hasta la calle Rivero, no encontró nada; de ahí regresó para luego bajar hasta Santa Marta, donde irremediablemente perdió toda esperanza y tuvo que tornar a la iglesia cabizbajo, vencido por la desdicha, y completamente exhausto y jadeante. Al llegar, se apoyó en el postigo de la puerta del monasterio y entró angustiado con la mala noticia.
—Hermanas, hermanas, ¡se han robado al Terremotito! —comunicó a las monjas que desbordaron en un llanto incontenible.
Más luego, el padre Plácido y el sacristán bajaron a la comisaría de Santa Marta y pusieron la denuncia del robo sacrílego. Se investigó varios días sin ningún resultado. Toda la comunidad estaba consternada y triste: Al huerfanito se lo habían llevado sin dejar ningún rastro y quizás nunca más lo volverían a ver.
En la parroquia se hicieron muchas misas, novenas y rosarios pidiendo que regresaran la imagen del Niño. Se suplicó por radio, televisión y los diarios de la ciudad, pero nadie daba razón alguna. Cierto día, el padre capellán, en una memorable misa, hizo una prédica que conmovió a todos los presentes, hasta a los santos que escucharon con atención:
—“… Así como San José y la Virgen María fueron en busca del Niño Jesús, así ahora nosotros tenemos que salir a buscar al Terremotito hasta encontrarlo. No vamos a parar hasta que aparezca y vuelva a su altar donde tiene que estar, porque es nuestro huerfanito, al que le hemos dado albergue y lo hemos cuidado desde que la Virgen del Carmen nos lo encargó. Todos los que lo queremos estamos seguros que aparecerá”.
Y así fue, sólo pasaron tres días, desde que el padre Plácido arengó a su feligresía, que las primeras noticias no se hicieron esperar en la voz del Monseñor Brasini que vivía en Lima.
Caminando por una calle muy concurrida, pudo advertir en el escaparate de una tienda de antigüedades, un niñito que se ofrecía a la venta. No le prestó mucha atención y siguió caminando; pero a medida que se alejaba, un pensamiento invadió su frágil memoria:
—¡A este Niño yo lo conozco!, ¡lo he visto en alguna parte! —se dijo a sí mismo constantemente mientras caminaba rumbo al Arzobispado de Lima—, pero ¿dónde?
Mientras conversaba con el Canciller, pensó en voz alta, lo que llamó la atención del presbítero:
—¡¡¡El Terremotito!!!, ¡Sí…!, ¡es el huerfanito del Monasterio de Santa Teresa de Arequipa. ¡Claro! —exclamó con emoción mientras tomaba el teléfono.
Cómo olvidar a tan hermosa imagen del Niño Jesús, que el año pasado contempló y admiró embelesado en la iglesia de Santa Teresa, mientras el padre Plácido le contaba la historia.
—¡Aló…!, ¿hermana Dolores? —preguntó— Soy el Monseñor Brasini, sólo quiero que me responda con una sola palabra.
En Arequipa, la hermana Dolores se extrañó de tan rara llamada y preguntó preocupada.
—¿Qué ha pasado, Monseñor?
—¿El Niño Terremotito, aún lo tienen en la iglesia, o lo han mandado a restaurar? —preguntó sin dar detalles.
—No, Monseñor. Le tengo una triste noticia: El Niñito Terremotito está desaparecido hace más de cuatro meses; unos ladrones se lo han robado y no sabemos nada de él.
—Hermana Dolores, yo, en cambio, le tengo una buenísima noticia: Al Terremotito lo acabo de ver en una casa de antigüedades, aquí en Lima. Lo están vendiendo.
—¡Bendito sea el nombre del Señor! —exclamó con alegría la religiosa que de inmediato sugirió:— Vaya corriendo con la policía, Monseñor, y no permita que lo escondan o se lo compren.
—Hermana, pero usted sabe que tengo que estar seguro de que es él para poder ir con la policía. —explicó— Primero hay que reconocerlo. ¿Usted sabe de alguien que lo conozca bien y esté aquí en Lima?
—Creo que no, Monseñor —respondió con tristeza, pero sólo por un breve lapso en que recordó repentinamente— Pero, ¡espere un momento! —prorrumpió en éxtasis— ¡Claro que sí! Allí en Lima hay un seminarista franciscano que fue acólito y catequista aquí en la parroquia, y que lo conoce mejor que nadie, porque desde muy pequeño ha estado en la parroquia, su nombre es Renato. —agregó— Renato Portugal.
—¡Voy a hablar con sus superiores y esta misma tarde iré con él y la policía a identificarlo, y si es el Terremotito, tenga por seguro que mañana mismo haré que lo devuelvan a Arequipa.
—¡Muchas gracias, Monseñor! —exclamó con gozo la hermana Dolores, mientras se persignaba.
Para el medio día, toda la comunidad en Arequipa ya estaba enterada de la buena noticia y esperaban ansiosos el desenlace, que tenía que ser muy feliz.
Un presbítero regordete vestido con una camisa negra clerical ingresó en la tienda con un joven de sotana franciscana y dos policías de la PIP. Se acercaron al mostrador, mientras el Monseñor Brasini hizo señas al seminarista Renato, quien no pudo contener su emoción e irrumpió antes de que la policía pudiera hablar.
—¡Huerfanito!, ¡huerfanito!, ¿qué te han hecho?, ¿por qué estás acá? —exclamó sin poder resistirse a cogerlo entre sus manos y abrasarlo fuertemente.
No hubo necesidad de nada más. La Policía hizo lo suyo y pronto el Niño Terremotito estuvo de regreso en Arequipa. El mismo seminarista, Renato Portugal, aquél que jugara con el niño en la puerta del convento, lo trasladó personalmente en un ómnibus desde Lima hasta su casa en la iglesia de Santa Teresa donde fue recibido por una gran multitud. Las monjas vistieron con sus hermosos velos blancos de gala, tocaron campanillas y cantaron el Te Deum.
La fiesta fue muy grande, y desde entonces cada año se recuerda el regreso del “Niño Terremotito” con una misa, procesión y cánticos, todos ellos hechos únicamente por niños, quienes además hasta hoy tienen la costumbre de regalarle juguetes y pedirle favores.
Renato Portugal estuvo tres días en Arequipa hasta su retorno a Lima. Cuando se despidió de todos, salió por el antiguo patio que conduce al portón de la calle, y antes de pasar por el postigo, sintió que alguien lo miraba. Al voltear, allí estaba el Huerfanito con su viejo y zurcido “overolcito”, aquél que tenía un tirante roto y otro amarrado, y calzaba humildemente un par de sandalias de cuero desgastadas. Le hizo adiós con la manito y Renato tras despedirse, salió y empezó a caminar, calle abajo, con una sonrisa en sus labios que jamás se borraría.

Arturo García, 1993

"CUASIMODO" - Cuento de Arturo García




Cuento basado en hechos reales como el terremoto de 1868 y la destrucción de la iglesia de San Camilo.

—¡Lo puedo jurar! —decía con resoluta seguridad don Albino, un veterano remendón de la sastrería Cayetano.
—¡Yo vi por última vez a Cuasimodo antes de morir —contaba mientras terminaba de medir el nuevo terno del alcalde.
Al frente de la sastrería se alzaba pues con imponencia la iglesia de San Camilo, quizás la más hermosa iglesia que jamás hubo en Arequipa. El padre Blanco decía que difícilmente habría alguna en toda la república que pudiese igualarla, y tenía razón. Poseía dos magníficas torres que coronaban con soberbia exquisitez su bella fachada barroca. Pero lo que causaba un verdadero deleite, era contemplar su suntuoso interior formado por tres naves cuyos arcos sostenían una gigantesca cúpula que, el sólo levantar la vista para mirarla, daba la sensación de contemplar misma la bóveda del cielo.
Allí vivían, hacía ya cincuenta años, los religiosos Camilos, conocidos como los padres de la “Buena Muerte”, a quienes todas las mañanas don Albino saludaba desde su añosa sastrería. Entraban y salían de la iglesia vestidos con una sotana negra en cuyo pecho llevaban una cruz roja.
A decir de este viejo sastre, conocido y querido en Arequipa, eran unos padrecitos muy buenos que, además de la iglesia, tenían un hospital en el que atendían a los enfermos más pobres de la ciudad. Hacer caridad era su gran virtud.
Por esta sastrería venían repetidas veces los presbíteros para hacerse confeccionar sotanas y toda clase de indumentaria que era menester tener para ataviar a los hermanos Camilianos.
—Yo cosí el hábito para el diácono Benedicto —decía con orgullo don Albino, y siempre se lo veía lucir cada vez que Benedicto salía a comprar a la pulpería o conversaba con los niños en el atrio.
Ciertamente, Benedicto tendría que haberse ordenado de cura en la misma fiesta de Santa Cecilia, el 22 de noviembre, porque él era un buen músico, ya que hacía hablar el armonio del coro. Pero también, por estas dotes innatas, los padres Camilos encomendaron a Benedicto hacer hablar también a las campanas de la iglesia, razón por la cual siempre subía a la torre oriental y repicaba con dulzura antes de cada misa. Fue por este oficio que los acólitos, los niños de la parroquia y más tarde todos los feligreses lo conocían cariñosamente como Cuasimodo, en alusión al jorobado de Notre Dame, que casi hizo de la torre de la iglesia su casa.  Algunas veces saludaba a don Albino desde lo alto, a quien le dedicaba algunos de sus más magistrales redobles, y por cierto, con sólo escuchar, sabía de qué misa se trataba: hombre, mujer, niño, santo, etc.
Fue una tarde del 13 de agosto de 1868, cuando el sol de Arequipa se empezaba a extinguir en un siniestro atardecer, que el diácono Benedicto “Cuasimodo” subió a tocar las campanas de la iglesia sin presagiar el terrible terremoto que se avecinaba. Como siempre, Benedicto cogía con la mano izquierda el badajo de la campana más grande para hacerla tañer, y con la derecha repicaba las pequeñas. No sin antes echar un vistazo al atrio y a la sastrería de su amigo don Albino, empezó el concierto de acompasados talanes que resonaban como una marcha lírica que pronto se convirtió en fúnebre.
Como habiendo despertado a los batanes del infierno, de pronto la tierra empezó a temblar con furia, primero como un trueno profundo y luego como la arandela de piedra de un molino de trigo, con atronadores ruidos, como olas que iban y venían levantando mucho polvo.
Benedicto, abstraído y encantado con el trinar de las campanas y el movimiento sincronizado de su cuerpo, no percibió el tembloroso bramado que estaba dando la tierra.
Don Albino, dejando la plancha de carbón sobre una parrilla corrió presto a la calle a guarnecerse donde pudo ver cómo los adoquines saltaban como grillos espantados, mientras los rieles del tranvía se meneaban como refulgentes culebras. El aterrado anciano, “quimbeando” —como dirían los “lonccos” de la chacra— caminó lerdo atravesando la calle y, como pudo, logró asirse fuertemente de la antigua farola de la plazoleta, desde donde en un quejido angustioso oró en voz alta la plegaria que, cuando niño, le enseñó su mamá, doña Manuela:
—¡Oigo las voces del Cielo de tu divina majestad, la cruz del cielo me valga, la fuerza de la fe y la Santísima Trinidad!—
Oró una, dos y tres veces, mientras las campanas seguían sonando, cosa que extrañado pudo advertir don Albino, mientras luchaba por no caer al suelo zarandeado por el temblor de la tierra que quería arrancarlo del poste y lanzarlo como una saeta.
—¡Cuasimodo! —gritó vanamente, esperando que el diácono mirase hacia la calle. Pero nunca volteó.
—¡Benedicto!, ¡baja! —Insistió otra vez con más fuerza, pero la bulla ahogó con facilidad el grito afligido de este pobre anciano que finalmente se resignó a llorar mudamente abrazado del farol.
Entonces, un inmenso terral empezó a aparecer por las calles en todas las direcciones y rápidamente avanzó en dirección del anciano, cerrando ineluctablemente, como un negro telón, la última vista que se tuvo de la hermosa iglesia de San Camilo. Fue cuando don Albino pudo ver cómo las campanas furiosas chocaban unas contra otras, y Benedicto, habiéndose recién percatado del suceso, intentó salir del campanario, pero cuando había dado apenas un paso, la campana mayor se balanceó con fuerza y, de regreso, le voló la cabeza al chocar contra otra campana que venía a su encuentro.
Don Albino cerró los ojos y horrorizado volvió a vociferar a los cielos:
—¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¡aplaca tu ira! ¡Ten misericordia de nosotros! —sólo él y la farola escucharon el quebranto, cuando el terral terminó de cerrar velozmente su telón.
El terremoto se hizo más cruento y aún no quería terminar. Don Albino, asido a la farola, no podía ver ya nada, sólo escuchaba gritos y ayes lastimeros que se confundían con el estruendo de las casonas abovedadas que se caían, una tras otra, estrellando los sillares contra los adoquines de la calle. Pero entre todo este infierno sonoro, en el que el octogenario había envejecido por lo menos un lustro, éste pudo oír atónito cómo las campanas de la iglesia seguían sonando.
—¡Pero si yo vi cómo Benedicto fue decapitado por la campana!, ¿cómo así siguen sonando? —exclamó pensando solito para su atormentado interior.
Jamás hubo una explicación razonable. Y el repique prosiguió y prosiguió interminable hasta que, en un instante que parecía que nunca iba a llegar, el terremoto cesó y, al unísono, las campanas callaron su funesta sinfonía, esta vez para siempre.
El silencio sepulcral devino inmediatamente, como cuando termina de pasar un convoy de carretas haladas por caballos. En medio del polvo que empezó a disiparse  lentamente, apareció, como un guerrero derrotado, el enjuto cuerpo de don Albino todo emblanquecido como las canas de su escaza pelambre. No quería soltar el frío poste de la farola, que lo acogió durante su fugaz visita al tártaro. Por entre las arrugas de su cara yacían las fosas de dos ríos de lágrimas que corrieron hasta verse agotadas en su huesudo mentón.
Por doquier, ahora se oían gritos que indagaban la presencia de amigos, familiares y vecinos:
—¡Barbarita…!, ¡Mamá Eusebia…!, ¡Marcelino! ¿Dónde estás?
Se oían muchos nombres y quejidos, pero nadie preguntó por Cuasimodo, su viejo amigo, aquél yacía seguramente tirado en el piso de la torre oriental de la iglesia esperando que alguien lo vaya a levantar.
El hombre, ya sereno, se incorporó lentamente cuando pudo distinguir frente a él a su vieja sastrería que milagrosamente aún estaba en pie, aunque el balcón que adornaba su fachada había caído junto con el letrero que su papá había puesto hacía más de medio siglo y que anunciaba con letras cursivas el sobrio rótulo: “Sastería Cayetano”. Don Albino sonrió nerviosamente por un instante recordando cómo su padre pudo haber construido una casa verdaderamente indestructible; pero volvió a entristecerse cuando comprobó que la pulpería de doña Micaela había desaparecido, así como la botica Cruz del Misti y la zapatería Machuca, además de decenas de casas y tiendas que antaño daban un aspecto moderno y europeo a la ciudad de Arequipa.
A la cabeza de don Albino repentinamente vino un temor escalofriante:
—“¡La iglesia de San Camilo!” —se dijo asimismo—. No quería, por ningún motivo, volver las espaldas hacia atrás porque temía ver lo peor: una iglesia arruinada. Pero su sospecha se hizo real cuando don Rómulo Carbajal, el barbero de la esquina, se le acercó y cogiéndolo del brazo le dijo:
—Mira, Albino. La iglesia ha desaparecido.
—¡Carajo! —clamó con ahogo al voltear a mirar, pues sus titubeantes ojos pudieron ver perplejos una gran montaña de escombros, entre sillares, tierra y calicanto que se asemejaba a las canteras de Añashuayco.
Aquella magnifica iglesia barroca, la doncella de las iglesias arequipeñas, se había extinguido. Don Albino no salía de su asombro. Las dos hermosas torres que alguna vez albergaron el campanario y al diácono Benedicto en su feliz concierto, fueron tiradas con estrépito al atrio y a las calles contiguas. Por más que cerraba sus ojos y se los frotaba persistentemente para volverlos a abrir, don Albino no podía borrar esa terrible escena que presenciaban sus ojos, propia de una pesadilla.
Después de unos momentos, el anciano tornó lentamente a la sastrería y se sentó en la silla de la máquina de coser y desde allí contempló largas horas, y durante los próximos ocho años que vivió, el desaparecido templo de sus amigos los padres Camilos; viéndolo cómo lo iban derruyendo, poco a poco, hasta que no quedó un solo sillar en la inmensa explanada, que abarcaba una cuadra completa. Con los sillares de la iglesia se supo que se construyó el Hospital Goyeneche y sobre la explanada se proyectó hacer un mercado. En cuanto a los muertos, se pudieron rescatar varios cadáveres, enterrados en la iglesia, de aquéllos que se preparaban a celebrar la misa de las cinco y media de la tarde. Entre los cuerpos encontrados se llevó a sepultar el de algunos padres y al diácono Benedicto, cuya cabeza jamás fue encontrada. Por esta razón, pronto surgió la fantasmal leyenda del “cura sin cabeza” que tocaba las campanas durante las oscuras noches en que Arequipa dormía.
Cierto día, cuando el reloj marcaba las tres de la mañana, don Albino fue despertado violentamente por un sonido que lapidó su pecho con un rosario de fuerte latidos:
—¡Talán!, ¡tolón!, ¡talán!, —corrió hasta la ventana, y sólo pudo ver la vieja farola que lucía solitaria.
—Es Benedicto —dijo al volver a su catre, el mismo  en el que un año más tarde murió de un infarto.
Desde entonces, se han tenido muchas noticias de cuentos que hablan de repiques fantasmales hechos por el cura sin cabeza, en los oscuros campanarios de Sachaca, Quequeña, Tingo Grande, Uchumayo y Socabaya.

Arturo García, 1995